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Dias Templados03 aprile EPILOGOOtra vez la canción triste
la dulce curva de la certeza
me acaricia y me viste
de mentiras y miseria la cabeza.
Si este insomnio lento
amante a sueldo de mi angustia
impide que marche a lugar cierto,
si en este epílogo de vida
se ha de derramar mi estampa,
me iré, me iré despacio
me dejaré llevar con calma
donde yo no ocupe espacio.
04 dicembre Querido JoaquínQuerido Joaquín:
Yo que he utilizado tanto la palabra para vomitar sentimientos, me parece que hoy el abecedario es una minúscula sopa de letras como para poder dar orden y exactitud a lo que quisiera decirte. Quizá a donde te has ido, mis letras, mis intentos inexactos por conseguir la armonía justa en mis palabras, te sobren con gusto, pero es que el nudo que tenía antes en la garganta se ha trasladado a mi mano y no se que decirte, por que no puedo escribir. Me lo impide el cruce de contradicciones que me asolan cuando me enfrento a eso llamado muerte: ¿te has ido a otro sitio?, ¿puedes verme? O simplemente ¿te has ido?. Un niño sabio, tu nieto Pablo, ante mis frustrados intentos por explicar lo que para mí no tiene la más mínima interpretación , mientras le hablaba pamplinas sobre el Cielo, me dijo que él si tenía una explicación “cuando alguien muere- comenzó a conjetar su teoría – un bebé nace al mismo tiempo; así que el abuelo estará dentro de algún recien nacido del mundo”-. Tu nieto calmó mis tristezas, ¿será verdad que eres ahora un bebé que anda por ahí empezando de nuevo?. Me he pasado el día de hoy mirando niños pequeñitos, intentando verte en alguno de sus gestos, por que tengo la certidumbre de que tu nieto tiene toda la razón. También él lleva algo de tí y en esos abrazos que le dí durante el día de ayer y los que le daré a lo largo de hoy, te mando mis besos y mis achuchones.
Tengo tu sonrisa y tus gestos amorosos en mis manos que ahora parecen desentumecer para poder seguir escribiéndote y decirte que acabo de sentarme en la parada de autobús que esperabas casi a diario para ir a “repetir” tus pastillas, a por el “pescaito” a la plaza o para darte la vuelta por el “Pryca” .
En mi quejumbrosa rutina, antes de coger mi fregona y mis cacharros de cocina, me he permitido este paréntesis para sentarme y decirte que has sido buena gente.
Besos. Eva. 30 giugno LA FUENTE DE LOS PATOS
"A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante". Oscar Wilde.
El tren se puso en marcha. La verdad es que debí adelantar mi viaje a Cádiz el miércoles a primera hora de la tarde pero, a servidora, se le torcieron las cosas en el trabajo, postergando de esta manera mi cita familiar con la saga Suárez-Arjona. El cielo de Madrid parecía uno de esos colages que hacen los niños del preescolar con trocitos de plastilina azafrán y ceniza, con un sol difunto que colaba suaves brillos por la ventanilla. La locución de bienvenida por megafonía me devolvió al asiento del vagón; la urgencia en la voz de mi padre volvió a retumbar en mi apesadumbrado ánimo. Solía bajar a Cádiz en vacaciones, pero mucho antes, recién llegada a la capital y hasta que Madrid dejó de serme extraña y ajena, me escapaba un par de veces al mes, haciendo caso a esa morriña que martilleaba con la ausencia del mar, con mis calles de toda la vida y con esa gente de la que tanto cuesta desprenderse cuando una gaditana emigra al quinto pino. Así me sentí el primer día en Atocha, una emigrante que “ceceaba” entre tanta “ese” empalagando la boca y tanto “laísmo”. Al tiempo, conocí a Andrés y las “eses” ya no me retumbaron por ningún lado, me casé en la Parroquia de San Ginés y parí dos soles a los que llamamos Claudia y Alberto; para entonces, mis escapadas sureñas fueron aminorando al ritmo que aumentaban mis responsabilidades. El tren siguió su rumbo y me dispuse a rescatar de la memoria mis años en Cádiz. Siempre me había quejado de la ausencia de recuerdos y por otra parte, reconocido a la vez, mi falta de interés por indagar en cuestionarios anecdóticos . Pero en aquel viaje necesitaba fresca toda mi infancia, aquellas horas, aquellos días que nadaban en un olvido sin consenso, los años junto a mi madre, su juventud, su empaque; dibujarla en la cocina, en la caseta de la playa de la Puntilla, tal y como era antes de que el Alzheimer borrara todo atisbo de aptitud; recuperar mi memoria para ella, ese era mi plan, mi único empeño, el único deseo desde que la mañana del martes, al otro lado del teléfono, mi progenitor, asustado, confirmase la noticia “está muy mal, muy mal”. Andrés y los niños se me habían adelantado en avión y suplantaban mi ausencia consolando a su abuelo roto con breves paseitos por la orilla de “La Calita”, la playa que correteaban con cubo y pala en ristre, todos los veranos. La musiquilla cargante del móvil aceleró una laberíntica búsqueda en mi bolso. A tiempo, pude oír la voz de mi Claudia saludarme animosamente desde el otro lado del teléfono. - mami, la abuela se ha vuelto loca- - no digas eso, niña, que la abuela Carmen está malita- - es que no para de llamar a “Papy y a Chandy“... ¿tú sabes quiénes son esos dos?-
¡ Papy y Chandy!, me sonreí. Mi madre, pobrecilla, incapaz de reconquistar su historia reclamaba la presencia de mi hermana Julia y la mía. En efecto; Papy y Chandy éramos nosotras, las dos caricatas de la casa cuando ninguna de las dos alcanzaba los diez años. - niña, estarce quieta una mijita y cantarno un poquito de ezo en inglé- nos decía mi madre en cuanto la reunión familiar excedía de seis, entre titos y cuñás. Aquello en “inglé” resultó ser un invento macerado en la cocina mientras se nos daba la merienda, concebido en un lenguaje macarrónico, ya que “inglés” era por extensión todo aquello que no pudiera entenderse. Y con el invento a cuestas, no existía reunión en la que no se terciara la coplilla estilo rock&roll del “chandeliun y pata woman chandulandun dos” que finalizaba con un aparatoso hincado de rodillas, brazos alzados y la “V” de victoria” como broche de oro.
Perdí la noción del tiempo. El tren anunciaba por megafonía la proximidad a la estación de Santa Justa. Era curioso; me separaban apenas tres horas desde que echara el cerrojo a la oficina de Madrid y las “zetas” se me amontonaban en la boca. Era esa peculiar y gaditana forma de hablar la que propició el humillante episodio del “printil”. Mi madre, siempre mujer de inagotables recursos e imaginación desbordante, debió decidir en algún momento que “sobaco” era, incuestionablemente, una de esas palabras feas que había que desechar del diccionario. Y apareció en escena el sustantivo “printil”. “Printil” era a “axila” y “sobaco” lo mismo que “tete” a “vagina” y “chocho”: puntos intermedios entre lo fino y lo zafio. Y de esa forma, introduje aquella nueva palabra en mi repertorio lingüístico, sin repara en investigaciones. Para cuando descubrí (ya bien entrada la pubertad) que “printil” era una marca de desodorante, el ultraje al diccionario se había producido al menos un millón de veces; si obviaba la ridícula sensación que otorgaba el extraordinario descubrimiento, lo peor (o lo mejor) fuera que por aquel entonces todo el mundo me entendiese o al menos esa fue la percepción que obtuve con los años. Al entrar en la estación de El Puerto, los nervios me habían comido la lengua y digerido las palabras. Andrés me esperaba afuera en un taxi que nos llevaría a casa. Mis niños me abrazaron entre empujones y besos impregnados en saliva y chicle de menta y Andrés decidió, en un gesto caballeroso, besar tímidamente mis labios y agarrar las pesadas maletas. - ¿dijo algo más?- pregunté con disimulo a mi marido para evitar que los niños me sometiesen a un tercer grado. - nada- - mama- interrumpió Claudia, - la tata Julia tiene un perro amarillo-, aseguró mientras se hurgaba la nariz con delectación. -¿amarillo?-, le pregunté mientras le impedía que el dedo penetrara más adentro. - calla, tonta, lo que dice la tata es que es más raro que un perro amarillo, no que lo sea-, interrumpió Alberto, que por ser el mayor, trataba siempre de imponer su criterio. -tonto, tú- -no, tonta tú- Y una tonta retahíla se apodó de ambos hasta que Andrés puso orden. Durante el trayecto comprobé que la estética de los edificios aledaños a la estación permanecía inmutable. En frente, la trasera del Instituto Pedro Muñoz Seca, a la derecha el Monasterio y a la izquierda, el parque de la Victoria; la ausencia de los patos en la fuente abandonada trajo consigo un desasosiego inútil, escenas que flotaban en una nebulosa ficticia, palabras sueltas y sin sentido; con los años había llegado a considerar aquel paisaje como parte de mí y sin embargo, detrás de toda aquella maraña de imposible reconstrucción se escondía una retentiva precaria y elemental a la que tuve que admitir, mientras nos alejábamos por la N-IV, que todo lo recuperado durante mi viaje significaban meras anécdotas, oídas incluso por boca de otros y apropiadas de una memoria ajena. El taxi nos dejó en la puerta. La cancela de la finca permanecía semiabierta; por norma general y autoproclamado decreto ley , las puertas de nuestra casa madrileña se mantenían siempre cerradas; pero en Cádiz, el lenguaje entre floridos aspavientos y la confianza vecinal impedian las lindes fronterizas. Sin embargo, el detalle despertó aquella mi peculiar fobia por los accesos frágiles y livianos que contagié a mis niños desde muy temprana edad con ese especial y crispado empeño por proteger sus manos. Mi hermana Julia y su perro “amarillo” fueron los primeros en darme la bienvenida. - Toto, que canijazo- me dijo tras nuestro abrazo de seis minutos. Papá y la tata Pepa estaban dentro, impacientes por besarme, por regalarme un par de cándidas y desesperadas sonrisas. - Niña, tiene más mal coló que los pollito de Simago-, aseguró mi tía, después de apretarme contra sí. - el viajecito, que ha cio mu largo, tata- -po cuando quiera te saco un poquito de puchero y de...- -¿“ropa vieja“?-, la interrumpí, adivinando lo que iba a ofrecerme. - ojú, po cí que trae tú hambre- - iré a ver a mamá, después como- No era el hambre. En casa, después del caldo “puchero” venía el invento culinario de todos los tiempos, los restos de carne de la cocción, refrita con cebollita y tomate; un plato de “ropa vieja” que degustábamos a plenitud. El pasillo que conducía a la habitación de mi madre se me hizo tan largo que pude recopilar con exactitud, el extenso recetario gastronómico de la zona que, por otra parte, tanto extrañaba y que intentaba emular en Madrid con discreto éxito. Abrí la puerta. Pero mamá no estaba. Allí, tumbada en la cama, sólo existía el cuerpo famélico y sondado de una anciana de pelo largo y cano con los ojos entreabiertos y extraviados; mi madre nunca fue así, al menos los últimos dos años, cuando le diagnosticaron la enfermedad y algunas esperanzas con novedosos tratamientos. - mamá - susurré con una especie de soga al cuello que me impedía hablar en voz alta. Se atragantó con su saliva y gesticuló sin control. La mano de mi hermana Julia sobre mi hombro logró mi desesperación y mi llanto inconsolable. Pase las horas sentada junto a ella en la vieja butaca de su habitación; horas colmadas de insoportables minutos, de silencios largos y sofocantes, rotos por los ladridos del perro y los juegos y peleas de mis hijos, afuera ,en el patio de la casa. Los recuerdos también daban sus largos paseos por la estancia. Mi tía los sacaba a relucir, y a veces mi hermana los remataba con su artillería pesada , con su forma disparatada de contar las historias y conseguir alguna sonrisa. Pude darme cuenta entonces de la enorme paciencia macerada por mi madre cuando éramos chiquillas jugando a Mazinger Z y Afrodita; dos grandes cajas de embalaje ocupaban nuestro salón, una a cada lado del televisor. Unas pequeñas sillas de patio sevillano se ubicaban dentro, para que cada una pudiese maniobrar con destreza la brillante tecnología de nuestros robots: unos ojos purpurina, antaño, bolas del árbol navideño, atados con hebras de lana que salían por los orificios practicados en la pared de cartón. Nuestros juegos, al grito de “¡ojos fuera!”, exasperaban a mi padre, empeñado en seguir por la tele los partidos del Sevilla F.C. Mi madre, tejía sus peculiares patines de lana que tanto calorcito proporcionaba a nuestros pies en invierno y nos mandaba a jugar en voz baja aunque aquellos espeluznantes ojos vidriosos siguieran saliendo a la velocidad que imploraba nuestra pueril imaginación. Dejamos nuestra memoria esparcida por la habitación, esperando que mi madre en cualquiera de aquellos gemidos incontrolables, fuera capaz de aspirarla y regresar.
La noche nos pilló por sorpresa. Julia me daba instrucciones precisas sobre el masaje hidratante que, a diario, se aplicaba sobre la piel de mamá y después me invitó a la cocina a tomar una sopita de fideos. -que mala pata ha tenio la pobrecita-, se lamentaba Julia mientras encendía uno de los fogones de la vitrocerámica - una malagidea de la grande la que ha tenio Dio con ella, zi es verdá que existe- -zi, con lo que tragaba omaita y mírala ahora con eza zonda...- - no lo digo por ezo- -¿entonce?-, le pregunté ignorando su tésis. - es la ingratitú del olvido- afirmó con rotundidad mientras se daba la vuelta y se dirigía con su taladradora mirada, típica de hermana mayor, directamente a mis ojos, - ¿es que hay argo peó que no zabé quién ere?- “Uno es lo que es por lo que vive”, eso decía Julia; yo, mientras ,jugaba por desidia al desafío de la memoria ajada, rota, consumida por el diario y la lejanía de aquel lugar , sintiéndome un alguien estúpido al que no quedaba más remedio que aliviarlo entre anécdotas baratas e intrascendentes. - joé, ¿y yo qué?, estoy aquí má perdía que el barco el arró- - es omá la que tiene Alzheimer, no tú, ¿tanto te cuesta zaber quién ere?, ¿tanto te avergüenza haber vivío aquí?- Creo que Julia se enfadó conmigo; dejó el plato de sopa con cierto y desagradable descuido sobre la mesa; en el fondo le agradecí que se fuera; sólo así se evitaba el enfrentamiento de polos opuestos y aunque me había traído conmigo la voluntad del recuerdo, aquello ya no parecía bastarnos a ninguna de las dos. - zabe que ezo no e cierto- apostillé con premura a sabiendas de que ya no me escuchaba. Pero sí lo hacía. Su cabeza reapareció por sorpresa tras la puerta. - entonce, dime ¿por qué eza histeria por tener toas las puerta cerrada?. - cuestionó sin más. Me encogí de hombros. - zupongo que por pillarme estos dos deo-, señalándole unas pequeñas cicatrices en las falanges del índice y corazón de mi mano derecha. -no fue con una puerta- sentenció mi hermana, -zabe una coza, cada ve que viene pal Puerto me pregunta por la fuente de la Victoria y yo...yo nunca te respondo- concluyó desapareciendo definitivamente de la cocina. Mi familia materna, de incontables tías y primos, aparecían y desaparecían sin molestar, organizaban con discreción las semanas, turnaban sus tiempos, sus madrugadas con mi madre en un silencio perfecto y benefactor. Entendí, definitivamente, cuando dejé tras de mí la puerta principal de la casa, que aquel sería un lugar que recordar con el paso del tiempo y me conduje a tomar un poco de aire. Afuera, en el patio embaldosado, los grillos emitían su característico sonido y el perro de Julia, trotaba con una pelota en la boca. Andrés salió y me ofreció una cerveza fresquita. Con la mirada, agradecí su gesto. - ¿y los niños?- pregunté - duermen...por fin - aseguró en un tono de resignación. -siento tanto trajín-. Andrés impidió que siguiera hablando, tapándome la boca con un dedo, - anda, vete a la cama, que aquí está todo organizado. Ya veremos lo que ocurre mañana- - ¿sabes?, empiezo a recuperar mi pasado- -Algo es algo, siempre te jactas de no tener recuerdos- - pues hoy, he descubierto hallazgos muy interesantes, - ¿y sabes otra cosa?, cuando llegué aquí necesitaba recuperar mi memoria ; quería agarrarla, mimarla y entregársela a mamá para que se pusiera buena. Pero ahora entiendo por fin a Julia y he admitido a mi madre tal y como está; comprendo que soy yo la única dueña de mis recuerdos, que serán las anécdotas que contaré a mis hijos las que hablen de mí; porque mientras tenga un lugar que recordar tendré pasado, tendré una historia y tendré una vida- Le entregué a Andrés el vaso de cerveza a medio terminar - perdona, debo decirle algo a mi hermana- y me adentré en la casa. Julia trasteaba aún por el comedor, recogiendo los bártulos de los niños y ordenando los cachivaches de las estanterías. -¿nos pegamo aquel día, no?- le pregunté sin advertir mi presencia. Julia se volvió hacia mí y se encogió de hombros,- el pato blanco me dió un picotazo y yo salí llorando; tú te reiste de mí y acabamo a piña ¿verdá?- -mamá dijo que nunca má volveríamos allí -, prosiguió mi hermana,- a tí te entró una zoberana rabieta , y comenzaste a gritá que quién iba a echarle de comé a los pato...- - ...y mamá me arrió una hostia- interrumpí - no volvimo má a la fuente de los pato- -no- asintió cabizbaja Julia, - pero bueno, parece que tu memoria empieza por buen camino-, añadió entre chuflas. -¿vamo mañana allí?- le propuse. - ¿y empezá por el principio?- me preguntó mientras metía sus manos en el bolsillo del delantal y me concedía el regalo de su enigmática sonrisa.
VÉRTIGOS DEL DÍA A DÍACHARQUITO DE MAR
Una vez bebí de un charco de esos de acera vulgar desde entonces, soy charquito, de lluvia que vino del mar.
Bebí de una botella delgada, elegante y con gas pero ni embotellada ni fina fui de agua mineral; siempre un charco de lluvia, un charquito de mar.
LOTERÍA
Esperé con tanta pena un algo CANCIÓN PARA PABLO
Te miro y reposas gracilmente con astuta postura agarradito y seguro ¡Qué hermosura!; te pienso en mi regazo bello y granuja, incrustado a mis contornos prestando locura y fortuna.
Estaría mirando tus ojos bellos desde esta madrugada hasta la siguiente y en la siguiente, lo que a merced me guardaras.
Quedas en mi latente homenaje a lo perfecto; que no daría por dejarte así, siempre con tu mirada acurrucado en mi facha de nana. |
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