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03 aprile

EPILOGO

Otra vez la canción triste
la dulce curva de la certeza
me acaricia y me viste
de mentiras y miseria la cabeza.
 
Si este insomnio lento
amante a sueldo de mi angustia
impide que marche a lugar cierto,
si en este epílogo de vida
se ha de derramar mi estampa,
me iré, me iré despacio
me dejaré llevar con calma
donde yo no ocupe espacio.
 
04 dicembre

Querido Joaquín

Querido Joaquín:

 

 

Yo que he utilizado tanto la palabra para vomitar sentimientos, me parece que hoy el abecedario es una minúscula sopa de letras como para poder dar orden y exactitud a lo que quisiera decirte. Quizá a donde te has ido, mis letras, mis intentos inexactos por conseguir la armonía justa en mis palabras, te sobren con gusto, pero es que el nudo que tenía antes en la garganta se ha trasladado a mi mano y no se que decirte, por que no puedo escribir. Me lo impide el cruce de contradicciones que me asolan cuando me enfrento a eso llamado muerte: ¿te has ido a otro sitio?, ¿puedes verme? O simplemente ¿te has ido?.

Un niño sabio, tu nieto Pablo, ante mis frustrados intentos por explicar lo que para mí no tiene la más mínima interpretación , mientras le hablaba pamplinas sobre el Cielo, me dijo que él si tenía una explicación “cuando alguien muere-  comenzó a conjetar su teoría – un bebé nace al mismo tiempo; así que el abuelo estará  dentro de algún recien nacido del mundo”-. Tu nieto calmó mis tristezas, ¿será verdad que eres ahora un bebé que anda por ahí empezando de nuevo?. Me he pasado el día de hoy mirando niños pequeñitos, intentando verte en alguno de sus gestos, por que tengo la certidumbre de que tu nieto tiene toda la razón. También él lleva algo de tí y en esos abrazos que le dí durante el día de ayer y los que le daré a lo largo de hoy, te mando mis besos y mis achuchones.

 

Tengo tu sonrisa y tus gestos amorosos en mis manos que ahora parecen desentumecer para poder seguir escribiéndote y decirte que acabo de sentarme en la parada de autobús que esperabas casi a  diario para ir a “repetir” tus pastillas, a por el “pescaito” a la plaza o para darte la vuelta por el “Pryca” .

 

En mi quejumbrosa rutina, antes de coger mi fregona y  mis cacharros de cocina, me he permitido este paréntesis para sentarme y decirte que has sido buena gente.

 

Besos. Eva.

30 giugno

LA FUENTE DE LOS PATOS

 

 


"A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto

toda nuestra vida se concentra en un solo instante".

Oscar Wilde.


El tren se puso en marcha. La verdad es que debí adelantar mi viaje a Cádiz el miércoles a primera hora de la tarde pero, a servidora, se le torcieron las cosas en el trabajo, postergando de esta manera mi cita familiar con la saga Suárez-Arjona.

El cielo de Madrid parecía uno de esos colages que hacen los niños del preescolar con trocitos de plastilina azafrán y ceniza, con un sol difunto que colaba suaves brillos por la ventanilla. La locución de bienvenida por megafonía me devolvió al asiento del vagón; la urgencia en la voz de mi padre volvió a retumbar en mi apesadumbrado ánimo.

Solía bajar a Cádiz en vacaciones, pero mucho antes, recién llegada a la capital y hasta que Madrid dejó de serme extraña y ajena, me escapaba un par de veces al mes, haciendo caso a esa morriña que martilleaba con la ausencia del mar, con mis calles de toda la vida y con esa gente de la que tanto cuesta desprenderse cuando una gaditana emigra al quinto pino. Así me sentí el primer día en Atocha, una emigrante que “ceceaba” entre tanta “ese” empalagando la boca y tanto “laísmo”. Al tiempo, conocí a Andrés y las “eses” ya no me retumbaron por ningún lado, me casé en la Parroquia de San Ginés y parí dos soles a los que llamamos Claudia y Alberto; para entonces, mis escapadas sureñas fueron aminorando al ritmo que aumentaban mis responsabilidades.

El tren siguió su rumbo y me dispuse a rescatar de la memoria mis años en Cádiz. Siempre me había quejado de la ausencia de recuerdos y por otra parte, reconocido a la vez, mi falta de interés por indagar en cuestionarios anecdóticos . Pero en aquel viaje necesitaba fresca toda mi infancia, aquellas horas, aquellos días que nadaban en un olvido sin consenso, los años junto a mi madre, su juventud, su empaque; dibujarla en la cocina, en la caseta de la playa de la Puntilla, tal y como era antes de que el Alzheimer borrara todo atisbo de aptitud; recuperar mi memoria para ella, ese era mi plan, mi único empeño, el único deseo desde que la mañana del martes, al otro lado del teléfono, mi progenitor, asustado, confirmase la noticia “está muy mal, muy mal”.

Andrés y los niños se me habían adelantado en avión y suplantaban mi ausencia consolando a su abuelo roto con breves paseitos por la orilla de “La Calita”, la playa que correteaban con cubo y pala en ristre, todos los veranos.

La musiquilla cargante del móvil aceleró una laberíntica búsqueda en mi bolso. A tiempo, pude oír la voz de mi Claudia saludarme animosamente desde el otro lado del teléfono.

- mami, la abuela se ha vuelto loca-

- no digas eso, niña, que la abuela Carmen está malita-

- es que no para de llamar a “Papy y a Chandy“... ¿tú sabes quiénes son esos dos?-


¡ Papy y Chandy!, me sonreí. Mi madre, pobrecilla, incapaz de reconquistar su historia reclamaba la presencia de mi hermana Julia y la mía.

En efecto; Papy y Chandy éramos nosotras, las dos caricatas de la casa cuando ninguna de las dos alcanzaba los diez años.

- niña, estarce quieta una mijita y cantarno un poquito de ezo en inglé- nos decía mi madre en cuanto la reunión familiar excedía de seis, entre titos y cuñás.

Aquello en “inglé” resultó ser un invento macerado en la cocina mientras se nos daba la merienda, concebido en un lenguaje macarrónico, ya que “inglés” era por extensión todo aquello que no pudiera entenderse. Y con el invento a cuestas, no existía reunión en la que no se terciara la coplilla estilo rock&roll del “chandeliun y pata woman chandulandun dos” que finalizaba con un aparatoso hincado de rodillas, brazos alzados y la “V” de victoria” como broche de oro.


Perdí la noción del tiempo. El tren anunciaba por megafonía la proximidad a la estación de Santa Justa. Era curioso; me separaban apenas tres horas desde que echara el cerrojo a la oficina de Madrid y las “zetas” se me amontonaban en la boca.

Era esa peculiar y gaditana forma de hablar la que propició el humillante episodio del “printil”. Mi madre, siempre mujer de inagotables recursos e imaginación desbordante, debió decidir en algún momento que “sobaco” era, incuestionablemente, una de esas palabras feas que había que desechar del diccionario. Y apareció en escena el sustantivo “printil”.

Printil” era a “axila” y “sobaco” lo mismo que “tete” a “vagina” y “chocho”: puntos intermedios entre lo fino y lo zafio. Y de esa forma, introduje aquella nueva palabra en mi repertorio lingüístico, sin repara en investigaciones. Para cuando descubrí (ya bien entrada la pubertad) que “printil” era una marca de desodorante, el ultraje al diccionario se había producido al menos un millón de veces; si obviaba la ridícula sensación que otorgaba el extraordinario descubrimiento, lo peor (o lo mejor) fuera que por aquel entonces todo el mundo me entendiese o al menos esa fue la percepción que obtuve con los años.

Al entrar en la estación de El Puerto, los nervios me habían comido la lengua y digerido las palabras. Andrés me esperaba afuera en un taxi que nos llevaría a casa. Mis niños me abrazaron entre empujones y besos impregnados en saliva y chicle de menta y Andrés decidió, en un gesto caballeroso, besar tímidamente mis labios y agarrar las pesadas maletas.

- ¿dijo algo más?- pregunté con disimulo a mi marido para evitar que los niños me sometiesen a un tercer grado.

- nada-

- mama- interrumpió Claudia, - la tata Julia tiene un perro amarillo-, aseguró mientras se hurgaba la nariz con delectación.

-¿amarillo?-, le pregunté mientras le impedía que el dedo penetrara más adentro.

- calla, tonta, lo que dice la tata es que es más raro que un perro amarillo, no que lo sea-, interrumpió Alberto, que por ser el mayor, trataba siempre de imponer su criterio.

-tonto, tú-

-no, tonta tú-

Y una tonta retahíla se apodó de ambos hasta que Andrés puso orden.

Durante el trayecto comprobé que la estética de los edificios aledaños a la estación permanecía inmutable. En frente, la trasera del Instituto Pedro Muñoz Seca, a la derecha el Monasterio y a la izquierda, el parque de la Victoria; la ausencia de los patos en la fuente abandonada trajo consigo un desasosiego inútil, escenas que flotaban en una nebulosa ficticia, palabras sueltas y sin sentido; con los años había llegado a considerar aquel paisaje como parte de mí y sin embargo, detrás de toda aquella maraña de imposible reconstrucción se escondía una retentiva precaria y elemental a la que tuve que admitir, mientras nos alejábamos por la N-IV, que todo lo recuperado durante mi viaje significaban meras anécdotas, oídas incluso por boca de otros y apropiadas de una memoria ajena.

El taxi nos dejó en la puerta. La cancela de la finca permanecía semiabierta; por norma general y autoproclamado decreto ley , las puertas de nuestra casa madrileña se mantenían siempre cerradas; pero en Cádiz, el lenguaje entre floridos aspavientos y la confianza vecinal impedian las lindes fronterizas. Sin embargo, el detalle despertó aquella mi peculiar fobia por los accesos frágiles y livianos que contagié a mis niños desde muy temprana edad con ese especial y crispado empeño por proteger sus manos.

Mi hermana Julia y su perro “amarillo” fueron los primeros en darme la bienvenida.

- Toto, que canijazo- me dijo tras nuestro abrazo de seis minutos.

Papá y la tata Pepa estaban dentro, impacientes por besarme, por regalarme un par de cándidas y desesperadas sonrisas.

- Niña, tiene más mal coló que los pollito de Simago-, aseguró mi tía, después de apretarme contra sí.

- el viajecito, que ha cio mu largo, tata-

-po cuando quiera te saco un poquito de puchero y de...-

-¿“ropa vieja“?-, la interrumpí, adivinando lo que iba a ofrecerme.

- ojú, po cí que trae tú hambre-

- iré a ver a mamá, después como-

No era el hambre. En casa, después del caldo “puchero” venía el invento culinario de todos los tiempos, los restos de carne de la cocción, refrita con cebollita y tomate; un plato de “ropa vieja” que degustábamos a plenitud. El pasillo que conducía a la habitación de mi madre se me hizo tan largo que pude recopilar con exactitud, el extenso recetario gastronómico de la zona que, por otra parte, tanto extrañaba y que intentaba emular en Madrid con discreto éxito.

Abrí la puerta. Pero mamá no estaba. Allí, tumbada en la cama, sólo existía el cuerpo famélico y sondado de una anciana de pelo largo y cano con los ojos entreabiertos y extraviados; mi madre nunca fue así, al menos los últimos dos años, cuando le diagnosticaron la enfermedad y algunas esperanzas con novedosos tratamientos.

- mamá - susurré con una especie de soga al cuello que me impedía hablar en voz alta. Se atragantó con su saliva y gesticuló sin control. La mano de mi hermana Julia sobre mi hombro logró mi desesperación y mi llanto inconsolable.

Pase las horas sentada junto a ella en la vieja butaca de su habitación; horas colmadas de insoportables minutos, de silencios largos y sofocantes, rotos por los ladridos del perro y los juegos y peleas de mis hijos, afuera ,en el patio de la casa.

Los recuerdos también daban sus largos paseos por la estancia. Mi tía los sacaba a relucir, y a veces mi hermana los remataba con su artillería pesada , con su forma disparatada de contar las historias y conseguir alguna sonrisa. Pude darme cuenta entonces de la enorme paciencia macerada por mi madre cuando éramos chiquillas jugando a Mazinger Z y Afrodita; dos grandes cajas de embalaje ocupaban nuestro salón, una a cada lado del televisor. Unas pequeñas sillas de patio sevillano se ubicaban dentro, para que cada una pudiese maniobrar con destreza la brillante tecnología de nuestros robots: unos ojos purpurina, antaño, bolas del árbol navideño, atados con hebras de lana que salían por los orificios practicados en la pared de cartón. Nuestros juegos, al grito de “¡ojos fuera!”, exasperaban a mi padre, empeñado en seguir por la tele los partidos del Sevilla F.C.

Mi madre, tejía sus peculiares patines de lana que tanto calorcito proporcionaba a nuestros pies en invierno y nos mandaba a jugar en voz baja aunque aquellos espeluznantes ojos vidriosos siguieran saliendo a la velocidad que imploraba nuestra pueril imaginación.

Dejamos nuestra memoria esparcida por la habitación, esperando que mi madre en cualquiera de aquellos gemidos incontrolables, fuera capaz de aspirarla y regresar.


La noche nos pilló por sorpresa. Julia me daba instrucciones precisas sobre el masaje hidratante que, a diario, se aplicaba sobre la piel de mamá y después me invitó a la cocina a tomar una sopita de fideos.

-que mala pata ha tenio la pobrecita-, se lamentaba Julia mientras encendía uno de los fogones de la vitrocerámica - una malagidea de la grande la que ha tenio Dio con ella, zi es verdá que existe-

-zi, con lo que tragaba omaita y mírala ahora con eza zonda...-

- no lo digo por ezo-

-¿entonce?-, le pregunté ignorando su tésis.

- es la ingratitú del olvido- afirmó con rotundidad mientras se daba la vuelta y se dirigía con su taladradora mirada, típica de hermana mayor, directamente a mis ojos, - ¿es que hay argo peó que no zabé quién ere?-

“Uno es lo que es por lo que vive”, eso decía Julia; yo, mientras ,jugaba por desidia al desafío de la memoria ajada, rota, consumida por el diario y la lejanía de aquel lugar , sintiéndome un alguien estúpido al que no quedaba más remedio que aliviarlo entre anécdotas baratas e intrascendentes.

- joé, ¿y yo qué?, estoy aquí má perdía que el barco el arró-

- es omá la que tiene Alzheimer, no tú, ¿tanto te cuesta zaber quién ere?, ¿tanto te avergüenza haber vivío aquí?-

Creo que Julia se enfadó conmigo; dejó el plato de sopa con cierto y desagradable descuido sobre la mesa; en el fondo le agradecí que se fuera; sólo así se evitaba el enfrentamiento de polos opuestos y aunque me había traído conmigo la voluntad del recuerdo, aquello ya no parecía bastarnos a ninguna de las dos.

- zabe que ezo no e cierto- apostillé con premura a sabiendas de que ya no me escuchaba.

Pero sí lo hacía. Su cabeza reapareció por sorpresa tras la puerta.

- entonce, dime ¿por qué eza histeria por tener toas las puerta cerrada?. - cuestionó sin más.

Me encogí de hombros.

- zupongo que por pillarme estos dos deo-, señalándole unas pequeñas cicatrices en las falanges del índice y corazón de mi mano derecha.

-no fue con una puerta- sentenció mi hermana, -zabe una coza, cada ve que viene pal Puerto me pregunta por la fuente de la Victoria y yo...yo nunca te respondo- concluyó desapareciendo definitivamente de la cocina.

Mi familia materna, de incontables tías y primos, aparecían y desaparecían sin molestar, organizaban con discreción las semanas, turnaban sus tiempos, sus madrugadas con mi madre en un silencio perfecto y benefactor.

Entendí, definitivamente, cuando dejé tras de mí la puerta principal de la casa, que aquel sería un lugar que recordar con el paso del tiempo y me conduje a tomar un poco de aire. Afuera, en el patio embaldosado, los grillos emitían su característico sonido y el perro de Julia, trotaba con una pelota en la boca.

Andrés salió y me ofreció una cerveza fresquita. Con la mirada, agradecí su gesto.

- ¿y los niños?- pregunté

- duermen...por fin - aseguró en un tono de resignación.

-siento tanto trajín-. Andrés impidió que siguiera hablando, tapándome la boca con un dedo,

- anda, vete a la cama, que aquí está todo organizado. Ya veremos lo que ocurre mañana-

- ¿sabes?, empiezo a recuperar mi pasado-

-Algo es algo, siempre te jactas de no tener recuerdos-

- pues hoy, he descubierto hallazgos muy interesantes, - ¿y sabes otra cosa?, cuando llegué aquí necesitaba recuperar mi memoria ; quería agarrarla, mimarla y entregársela a mamá para que se pusiera buena. Pero ahora entiendo por fin a Julia y he admitido a mi madre tal y como está; comprendo que soy yo la única dueña de mis recuerdos, que serán las anécdotas que contaré a mis hijos las que hablen de mí; porque mientras tenga un lugar que recordar tendré pasado, tendré una historia y tendré una vida-

Le entregué a Andrés el vaso de cerveza a medio terminar - perdona, debo decirle algo a mi hermana- y me adentré en la casa.

Julia trasteaba aún por el comedor, recogiendo los bártulos de los niños y ordenando los cachivaches de las estanterías.

-¿nos pegamo aquel día, no?- le pregunté sin advertir mi presencia. Julia se volvió hacia mí y se encogió de hombros,- el pato blanco me dió un picotazo y yo salí llorando; tú te reiste de mí y acabamo a piña ¿verdá?-

-mamá dijo que nunca má volveríamos allí -, prosiguió mi hermana,- a tí te entró una zoberana rabieta , y comenzaste a gritá que quién iba a echarle de comé a los pato...-

- ...y mamá me arrió una hostia- interrumpí - no volvimo má a la fuente de los pato-

-no- asintió cabizbaja Julia, - pero bueno, parece que tu memoria empieza por buen camino-, añadió entre chuflas.

-¿vamo mañana allí?- le propuse.

- ¿y empezá por el principio?- me preguntó mientras metía sus manos en el bolsillo del delantal y me concedía el regalo de su enigmática sonrisa.



VÉRTIGOS DEL DÍA A DÍA

 

CHARQUITO DE MAR


Una vez bebí de un charco

de esos de acera vulgar

desde entonces, soy charquito,

de lluvia que vino del mar.


Bebí de una botella

delgada, elegante y con gas

pero ni embotellada ni fina

fui de agua mineral;

siempre un charco de lluvia,

un charquito de mar.

 

 

LOTERÍA


Esperé con tanta pena un algo
que la voz escondí tras un leve puede
y aquel puede, con todas sus letras flotando
no advirtió que mientras llueve
es imposible seguir llorando;
porque se acaba siendo
una espesa nada que crece siempre
que hiede a eterno.
Al que juega con llanto
le toca un muerto.

CANCIÓN PARA PABLO

 

 


Te miro y reposas gracilmente

con astuta postura

agarradito y seguro

¡Qué hermosura!; te pienso

en mi regazo bello y granuja,

incrustado a mis contornos

prestando locura y fortuna.


Estaría mirando tus ojos bellos

desde esta madrugada

hasta la siguiente

y en la siguiente, lo que a merced

me guardaras.


Quedas en mi latente

homenaje a lo perfecto;

que no daría por dejarte así, siempre

con tu mirada

acurrucado en mi facha de nana.

LA PROBABILIDAD

 

 


El jardín soleado dormitaba como cada mañana de domingo. En el pabellón de válidos de la residencia de ancianos, la inmensa mayoría de sus habitantes comulgaban con la doctrina del letargo matutino; sólo los reaccionarios resistían con longeva paciencia la tropelía del transcurrir del tiempo entre la sala de estar frente al televisor, primores con encajes de bolillos o silenciosas partidas de dominó.

- ¡Eh!, Anselmo, ¿qué probabilidad tendrá hoy Angelita de que venga su sobrina a verla?-, cuestionó entre sornas Julián, el más veterano.

- Probabilidad nula-, contestó Anselmo sin despegar sus ojos de la ficha que su contrincante acababa de colocar sobre el centro de la mesa .

- Viejo loco....-, susurró cabizbajo Julián, negando para sí con la cabeza.

- Acertará-, profetizó Dámaso colocando ficha en aquella interminable partida, -siempre acierta-

- Lleva razón, aquí nunca viene nadie-, comentó Angelita mientras agudizaba la vista tras los cristales de sus gafas para enhebrar la aguja con hilo rojo con la que bordar las iniciales en su paño de punto de cruz.

Anselmo se llevó el vaso de agua a la boca y tragó un largo sorbo, - la probabilidad es una ciencia exacta para los que estamos desahuciados, la balanza siempre pesa más del lado de lo indeseable-, meditó en voz alta mientras se quitaba las gafas y frotaba con brusquedad sus ojos,- por ejemplo, es muy probable que me quede ciego antes de un año, ¡demonios!, ya casi ni veo las malditas fichas-

- ¡Tienes el Niágara en los ojos, Anselmo!-, aseguró Angelita en tono jocoso ante las sonrisas cómplices del resto de la sala.

Anselmo optó por levantarse y dejar la soporífera partida de dominó para sustituirlo por un torpe y lento paseo hacia el jardín del asilo, - si señores, la probabilidad-, suspiró,-nunca juega a nuestro favor...-

- Viejo loco...-, volvió a protestar entre susurros Julián, mientras lo veía desaparecer por la puerta.

La hermana Federica anunció durante el almuerzo en el austero comedor, la visita de unos jóvenes voluntarios que prestaban apoyos a sectores desfavorecidos de la sociedad con los que participarían en actividades durante la tarde de aquel domingo, augurando diversión y recomendando un buen grado de disposición para con el grupo voluntariado.

Dos hombres y una joven hicieron con inmediatez acto de presencia en la sala y los ancianos quedaron en silencio observando los saludos con las manos que los nuevos extraños les ofrecían.

Marcharon lentamente hacia varios puntos de la residencia. Anselmo no quiso prestar mayor atención al acontecimiento y tornó su marcha a la butaca de siempre para seguir con la partida inacabada de la mañana y retreparse en ella hasta la hora de la cena.

-¡Eh, Anselmo!, gritó Julián, tratando de captar la atención de los demás, - ¿qué probabilidad tienes de que se te acerque la chica?-, preguntó con una risa festiva que obligó a mostrar sus contados incisivos.

Anselmo quedó en silencio y retuvo la respuesta al vislumbrar la silueta borrosa de una extraña que se le acercaba.

-¿Puedo sentarme?-, preguntó una voz dulce y petimetre.

Anselmo asintió con la cabeza.

- Señorita, tenga cuidado con “el probable”-, continuó entre burlas y tembleques, Julián.

- ¿ Le llaman así, “el probable”?-

- Sólo ése, pero no le haga caso, señorita, aquí hay muy poco que hacer y mucho que pensar-

- ¿Ypor que le llama así?-

-Es por mi teoría, la de la probabilidad-, Anselmo trató en la medida de sus posibilidades congelar el rostro de la chica en su mente, con la mayor definición.

- ¡Ah!, ¿ y cómo es eso?, ¿será tan amable de contármelo?, me resulta muy curioso-

- Ni a usted ni a mí se nos ha muerto la memoria. Pero a los viejos se les mueren los recuerdos, y a los que vivimos aquí nos condenan a morir y a olvidar en soledad. Nada es probable para un viejo de asilo, ni lo más nimio-

La muchacha recorrió con los ojos el rostro de Anselmo, recomponiendo su ahogo y sus ganas por trazar un nuevo rumbo en la mirada del octogenario.

- ¿ Y como llegó hasta aquí?-, preguntó la joven, interesada en aquel proverbial anciano.

- Vivía tranquilo, en el pueblo, con mi pequeña paga, en la casa donde nací.Me gustaba mucho el cine, sobre todo esa de Casablanca, la veía muchos domingos en la casa del Mauricio, después del partido de fútbol, tenía muchas películas pero siempre repetíamos la misma, me sabía los diálogos de memoria. Después, cenaba en el bar de la Amelia y allí fue dónde conocí al “Salmorejo”, ¡ese cabrón sí que se las sabía todas!. Me esperaba para que le diera las sobras... del salmorejo, por eso le llamaba así. Después me acompañaba hasta la puerta. Un día entró en casa, se echó a los pies del sillón y se quedó a vivir... bueno hasta que llegaron los de Urbanismo, dieron por ruinosa la finca y los de asuntos sociales me trajeron aquí...-, Anselmo tragó saliva para salir glorioso del trance del recuerdo,

- ¡pobrecillo el “Salmorejo”...!- cogió un pañuelo para secar los llorosos ojos que anunciaban lágrimas con inmediatez y continuó:

-¿Huye usted de algo?-

- No -, contestó con rotundidad la muchacha.

- Entonces, ¿por que está aquí?-

- Quiero aprender-

- ¿A ser un viejo?, tenga paciencia, llegará, y cuando llegue ese momento entenderá el sentido de la probabilidad-

- ¿Y si le digo que me encanta hablar con usted?-

- Le diría que es muy probable que ya no vuelva por aquí en meses-

- Creo que es reprobable, ¿no?-, tocando la mano de Anselmo mientras esperaba la sonrisa cómplice de su interlocutor,-¿qué?, ¿a qué empiezo a entender esto? ¿eh?-

Anselmo sonrió y se percató de que aquella sonrisa era primeriza desde que llegó a la residencia.

- Volveré el domingo-, y estampó un beso en la mejilla del anciano, -por cierto me llamo Marta-


La mañana en la residencia parecía alborotada de manera especial por la segunda visita de los voluntarios. Los ancianos saludaban sin timidez y bombardeaban a preguntas a los jóvenes que trataban de hacerse hueco entre todos ellos.

Anselmo vivía ajeno a la algarabía exterior. Una mano en su espalda lo devolvió a la realidad de la que se mantenía ausente bajo el pretencioso propósito de asimilar las minúsculas letras del periódico dominical.

- Le traigo una sorpresa, venga conmigo- Marta lo asió del brazo y lo condujo lentamente hasta el jardín.

Un perrillo color canela, de pelo áspero y barba blanca, desgarbado, con el rabo abatido, frenéticamente agitado en su punta , trataba de lanzarse contra Anselmo en cuanto olfateó su presencia.

- ¡¡¡Salmorejo!!!- exclamó sin remilgos-

- Ya lo ve, querido Anselmo, pretendo reventarle esa teoría suya- dijo Marta con las manos en jarra, disfrutando del momento entrañable del anciano, - se lo cuidaré de lunes a sábado y los domingos usted se encargará de él, ¿que le parece?-

- ¿ Y la hermana Federica?-

-No hay problema, ya está todo pactado-

Anselmo dejó momentáneamente al perro que saltaba y lamía sus manos y se aproximó a Marta todo lo que pudo.

- No se cómo agradecérselo-, cogiendo la mano de la muchacha entre las suyas

-¿Sabe Anselmo?-, soltando su mano y echándole un brazo por el hombro al anciano,- presiento que este es el principio de una gran amistad-

- ¡Eso es de Casablanca!, ¿no?-

- Es probable - contestó Marta ofreciéndole una enorme sonrisa.

Y Anselmo correspondió.




ROJO DE CADMIO

 

 

El fuego es la pasión instantánea; mientras arde,  el aventurero aprende a sortear su peligro creyendo con vehemencia que la llama crece con sentido. El fuego atraviesa el color de la toronja hasta el encarnizado rojo. El rojo de cadmio. El rojo de la sangre. Pero el fuego se extingue; después de las encendidas brasas llegan las cenizas. Y después, la nada.

La sangre se derrama, fluye y sobre el lienzo queda infinita, inagotable. Un rojo de cadmio que nunca muere.”


Clara esperaba como cada noche, deshecha entre las sábanas de escrupuloso blanco, el chirrido de la puerta del sótano. Afinaba el oído, persiguiendo el retumbo de los pasos  ascendentes  por las escaleras, el sonido del agua derramándose en el lavabo, la oscuridad del descansillo tras el "clic" del interruptor, y al fin, el silencio sepulcral. Notaba entonces, el hundimiento del colchón en su lado izquierdo, el hedor a trementina y a jabón de afeitar, la caliente proximidad de los labios que pronto  se acoplarían a su desnudo cuello. Una noche más, Simón dormía a su lado.

Simón siempre estaba en casa, pero nunca se le veía. Excitado por la vorágine artística, solía encerrarse  en su centro de operaciones, el estudio de pintor ubicado en el sótano.

Pasaba por un bache profesional, sus últimas incursiones experimentales sobre la naturaleza,  habían supuesto serios descalabros en su trayectoria. Era conocido en el medio, incluso alabado por críticos y galeristas tiempo atrás; los vestigios figurativos dieron paso a la abstracción total en sus pinturas, transmutación que exacerbó a la crítica. Simón no comprendía casi nada de aquel universo que lo humillaba con  burlescos comentarios sobre  originales acordes coloristas. Pero no era fácil subyugar al artista. Tomás Ferrer, su marchante, solía tratarlo como a un niño caprichoso, soportaba sus inverosímiles pataletas, sus escenas a puñetazo limpio contra lienzos viejos, hechos jirones, inapetentes para la visión del inconformista Simón, pero siempre lograba calmarlo. Sólo Ferrer sabía sosegar su alma indómita. La cocaína era de los pocos residuos que Simón no utilizaba en sus experimentaciones pictóricas. La droga y el sexo, y no siempre en este orden, ocupaban en la vida del pintor, puestos de relevancia.

Clara, proclamada, hasta entonces, mera espectadora de batallitas de monólogo monótono y controvertido representadas por Simón con asidua frecuencia, se limitaba a telefonear a Tomás y esperar, paciente, el efecto de la toxina ingerida por la nariz.

Cuando lo conoció,  ya era una ejecutiva de cierto prestigio, aparentemente fría para  los negocios y siempre reacia a cualquier transacción que no tuviese entre medias el precio del suelo. Pero Simón le pareció la fascinación del no saber, el devaneo constante entre lo correcto y lo obsceno, los días sin premisas y las noches y la concupiscencia como reclamo de vida, una vida que se derramaba a borbotones, se dejaba fluir, caer, verter...

Así, comenzó a compartir aquel nuevo mundo, sin apenas decidirlo.

Hacía semanas que Simón andaba ansioso por mostrar sus nuevas creaciones, un grito desesperado a la vida a través del fuego y su peculiar forma, su encarnizado abrazo. Ferrer había logrado colarse en  la presentación del nuevo embajador brasileño en España y especuló con la exitosa entrevista operada con un diplomático portugués, un mecenas caprichoso que movía obras de arte internacionalmente, interesado en nuevos conceptos artísticos. Era la oportunidad para un Simón venido a menos,  que sangraba por la nariz sus vicios, incapaz de resarcirse con propósito de enmienda.

Clara manifestó su reticencia a la hora de seguir formando parte de los desmadrados juegos de Tomás y su representado. Simón parecía haber perdido el juicio. El marchante y la cocaína elevaban su ego desbaratado, augurándole éxitos abrumadores en las próximas bienales. La repudiaba. Despreciaba sus románticas cenas, encerrado en silencio, obviando los aporreos en la puerta del estudio, sus reclamos persistentes, a gritos, hasta la extenuación. Ignoraba la erótica lencería, aquella que él mismo hacía traer, al comienzo de su relación, desde distintos puntos de Europa , la misma que, acababa por el suelo del dormitorio, tras prodigiosas aventuras en la cama.

Para Clara todo comenzaba a ser difícil, los negocios ya no eran su mayor delectación, aunque las especulaciones del precio del suelo calmaban, en parte, la ausencia total de Simón.

 

A pocos días  de la visita del diplomático, Clara encontró en la insatisfacción su punto culminante. Ignoraba a qué dedicar las horas que, ya se encargaban de su particular tormento, la manera de obtener la atención de un Simón que sólo aparecía en la penumbra del dormitorio. Quería sorprenderlo; necesitaba compartir  un generoso almuerzo con aquel antaño alegre amante, discípulo del desenfreno y del sexo, imitar los días del verano loco en el que se conocieron, volver a revivir en el oído, las frases que  sonrojaron a la ejecutiva segura, hasta entonces, de no errar jamás.

Decidió deleitar el paladar del artista, un almuerzo tan grandioso que embaucase sentidos y se los llevara, más tarde, a la cama. Lo rubricó en la mente y decidida, se acercó a la biblioteca a por uno de los cuantiosos libros de cocina que poseía. Admiró una hermosa lechuga que sacó del frigorífico mientras la ahogaba  bajo el grifo, la sacudió y colocó sobre la tabla de corte para partirla en juliana. Portando el cuchillo, notó su pulso frenético. Comenzó a hundir el cuchillo sobre la verdura mojada hasta sentir la punción sobre un dedo y su grito horrísono, después. La falange del dedo índice había quedado seccionada. La sangre se esparcía por el suelo mientras imploraba a gritos el auxilio de Simón. Sin noticias inmediatas, bajó las escaleras hasta el sótano, ignorando tiempo y espacio, y gritó ante la puerta, con las últimas fuerzas de las que dispuso.

Simón abrió desconcertado. Las gríseas y dolientes bolsas que colgaban de sus ojos parecían maquillaje de ficción.

- Simón, Simón...-, pudo susurrar antes del desvanecimiento. Mientras alcanzaba el suelo, se agarró a un lienzo inmaculado, limpio, que Simón acababa de preparar. Lo embadurnó en sangre, proyectando trayectos inacabados de color rojo que se esparcían formando líneas, curvas..., salió disparado del caballete y junto a Clara, acabó sobre el suelo del estudio.

- ¡Clara, despierta...Clara!

 

El estudio de Simón era un estratégico caos: pinturas, lienzos apilados, cada milímetro de la estancia rezumaba un colosal hedor a trementina.

El diplomático portugués había llegado junto al marchante. Simón simuló estar solo. Instantes previos propinó una generosa dosis de tranquilizantes a Clara, que desde el día accidente soportaba una profunda depresión. Se sentía débil y mutilada. Solía suplicar a menudo, entre gritos y sollozos que alguien buscase el pequeño trozo de su cuerpo perdido en algún recóndito lugar de la cocina.  El hombre  parecía ajeno al dolor Clara, subía dos o tres veces  al dormitorio para comprobar su estado, sin apenas cruzar palabra.

Simón estaba tranquilo, había consumido una pequeña dosis de cocaína y estaba seguro de poder largarle su rollo filosofal al diplomático para convencerlo de la compra de su última obra.

- Y bien, ¿qué le parecen?-, preguntó Tomás Ferrer, con exquisita amabilidad.

El diplomático apenas se interesó por ninguno de los cuadros de la serie del Fuego, un año de trabajo que se perdieron en la mirada oscura del portugués caprichoso.

- ¿qué es esto?-, levantando la mano y apuntando con el dedo hacía el lienzo blanco manchado por la sangre de Clara. Tomás interrumpió la inminente respuesta del artista, dispuesto a confesar el equívoco. Aquello no era una pintura. ¿o si?.

- Simón es un gran experimentador-, advirtiendo el interés del diplomático.

- Me gusta, me gusta ese rojo-

- Rojo de cadmio-, argumentó Simón entre titubeos.

-¿Seguirá trabajando en ello?, es muy interesante-

Simón asintió con la cabeza. El portugués acababa de hacerle una oferta inmejorable. Una serie de treinta cuadros y la participación en una bienal de gran prestigio.

- Entonces nos veremos pronto. Recuerde, tres meses y trato hecho-

 

Simón debatía la forma de obtener aquella pátina. Nada dio los resultados deseados. Ferrer lo amenazó con poner fin al suministro de droga si no conseguía el efecto de aquel rojo inquietante de su primer cuadro.

Después de consumir una raya frente al espejo del cuarto de baño, subió al dormitorio de Clara.

-Querida, tómate esto, es un calmante-. La mujer quedó profundamente dormida al poco rato. Simón  besó su frente y sacó del bolsillo de la chaqueta  jeringuilla y goma elástica. Mientras sustraía sangre del brazo de Clara, creyó sentir un leve mareo que pronto desapareció al contemplar el rostro sereno de la donante y lo asequible de la  materia prima. Esta vez no fracasaría, la bienal era suya, la venta proporcionaría lujos, opulencia. Y mientras Clara dormiría sin querellarse.

Simón repetía la escena a diario. Era consciente del debilitamiento de la mujer y decidió suministrarle un complejo vitamínico  además de una alimentación rica en proteínas. Le hablaba entre susurros para lograr que Clara abriese la boca y masticase la comida.

- Pronto haré una venta maravillosa, ya lo verás. Todo esto acabará muy pronto. Abre la boca, Clara... come, mi amor... todo será gracias a ti-

 

El día pactado puso punto y final a tres meses desaforados. Un día perfecto, soleado, primaveral e en pleno otoño. El viaje hasta la bienal fue doloroso para Clara, que apenas se había movido de la cama desde el accidente; su demacrado aspecto delataba los síntomas de su anómala situación.

Simón salió del coche y, ayudado por Tomás Ferrer, acomodó a Clara en una silla de ruedas para hacer a pié, el resto del camino. Al llegar a la entrada principal del magnánimo edificio, el ególatra artista, hendido en las arcas del placer, encapsulado en el espejismo de una superioridad efímera, creyó dotar de protagonismo al insigne acontecimiento que estaba a punto de descubrir tras aquel bullicio de personajes célebres, autoridades y colegas de profesión que intercambiaban saludos y apretones de manos y se agolpaban en el vestíbulo.

Una vez dentro, Simón se notó pletórico, era un niño galopando entre la gente, manipulando la silla de ruedas de su compañera, entre acrobacias, velozmente. Quería llegar hasta el lugar donde se ubicaba su obra, la certidumbre de lo pactado, lo anhelado...sus treinta lienzos enmarcados en madera noble, la exaltación de la vida a través del rojo de cadmio, la sangre de Clara.

- mira, querida, míralos, están aquí-

Clara ladeaba la cabeza con superlativo esfuerzo, le dolía el cuerpo. Sintió desconcierto al observar los blancos y los rojos que salían de la pared. El olor a linfas se le quedó grabado en la nariz, a perpetuidad.

- Es sangre de tu sangre, Clara-

Simón descendió a su altura para contemplar el rostro de la mujer, tan henchido por el grandioso momento, que obvió la proximidad del diplomático. 

- su trabajo entusiasma a galerías y coleccionistas-, comentó el portugués con una amplia sonrisa.

Clara había subido las mangas de su vestido, sus brazos desnudos desvelaban verdugones y magulladuras a lo largo y ancho de los míseros contornos.

Ambos hombres obviaron la decrépita gesticulación de la mujer mientras hilvanaban su próximo proyecto.

- ¿estaría dispuesto a trabajar en otra serie de idénticas características?-, preguntó el hombre excitado ante su exitosa propuesta, -

- ¡ es mi sangre, es mi sangre!-, argumentó con espanto. Temblaba, mientras  su cuerpo  trataba de erguirse. Su salud le advirtió del fracaso. Miro el rostro de Simón y la repugnancia, le cubrió el gesto.

Simón acarició el cabello de la mujer y decidido a complacer al diplomático, asintió sin más.