Profilo di evaDias TempladosFotoBlogElenchiAltro Strumenti Guida

Blog


30 giugno

LA PROBABILIDAD

 

 


El jardín soleado dormitaba como cada mañana de domingo. En el pabellón de válidos de la residencia de ancianos, la inmensa mayoría de sus habitantes comulgaban con la doctrina del letargo matutino; sólo los reaccionarios resistían con longeva paciencia la tropelía del transcurrir del tiempo entre la sala de estar frente al televisor, primores con encajes de bolillos o silenciosas partidas de dominó.

- ¡Eh!, Anselmo, ¿qué probabilidad tendrá hoy Angelita de que venga su sobrina a verla?-, cuestionó entre sornas Julián, el más veterano.

- Probabilidad nula-, contestó Anselmo sin despegar sus ojos de la ficha que su contrincante acababa de colocar sobre el centro de la mesa .

- Viejo loco....-, susurró cabizbajo Julián, negando para sí con la cabeza.

- Acertará-, profetizó Dámaso colocando ficha en aquella interminable partida, -siempre acierta-

- Lleva razón, aquí nunca viene nadie-, comentó Angelita mientras agudizaba la vista tras los cristales de sus gafas para enhebrar la aguja con hilo rojo con la que bordar las iniciales en su paño de punto de cruz.

Anselmo se llevó el vaso de agua a la boca y tragó un largo sorbo, - la probabilidad es una ciencia exacta para los que estamos desahuciados, la balanza siempre pesa más del lado de lo indeseable-, meditó en voz alta mientras se quitaba las gafas y frotaba con brusquedad sus ojos,- por ejemplo, es muy probable que me quede ciego antes de un año, ¡demonios!, ya casi ni veo las malditas fichas-

- ¡Tienes el Niágara en los ojos, Anselmo!-, aseguró Angelita en tono jocoso ante las sonrisas cómplices del resto de la sala.

Anselmo optó por levantarse y dejar la soporífera partida de dominó para sustituirlo por un torpe y lento paseo hacia el jardín del asilo, - si señores, la probabilidad-, suspiró,-nunca juega a nuestro favor...-

- Viejo loco...-, volvió a protestar entre susurros Julián, mientras lo veía desaparecer por la puerta.

La hermana Federica anunció durante el almuerzo en el austero comedor, la visita de unos jóvenes voluntarios que prestaban apoyos a sectores desfavorecidos de la sociedad con los que participarían en actividades durante la tarde de aquel domingo, augurando diversión y recomendando un buen grado de disposición para con el grupo voluntariado.

Dos hombres y una joven hicieron con inmediatez acto de presencia en la sala y los ancianos quedaron en silencio observando los saludos con las manos que los nuevos extraños les ofrecían.

Marcharon lentamente hacia varios puntos de la residencia. Anselmo no quiso prestar mayor atención al acontecimiento y tornó su marcha a la butaca de siempre para seguir con la partida inacabada de la mañana y retreparse en ella hasta la hora de la cena.

-¡Eh, Anselmo!, gritó Julián, tratando de captar la atención de los demás, - ¿qué probabilidad tienes de que se te acerque la chica?-, preguntó con una risa festiva que obligó a mostrar sus contados incisivos.

Anselmo quedó en silencio y retuvo la respuesta al vislumbrar la silueta borrosa de una extraña que se le acercaba.

-¿Puedo sentarme?-, preguntó una voz dulce y petimetre.

Anselmo asintió con la cabeza.

- Señorita, tenga cuidado con “el probable”-, continuó entre burlas y tembleques, Julián.

- ¿ Le llaman así, “el probable”?-

- Sólo ése, pero no le haga caso, señorita, aquí hay muy poco que hacer y mucho que pensar-

- ¿Ypor que le llama así?-

-Es por mi teoría, la de la probabilidad-, Anselmo trató en la medida de sus posibilidades congelar el rostro de la chica en su mente, con la mayor definición.

- ¡Ah!, ¿ y cómo es eso?, ¿será tan amable de contármelo?, me resulta muy curioso-

- Ni a usted ni a mí se nos ha muerto la memoria. Pero a los viejos se les mueren los recuerdos, y a los que vivimos aquí nos condenan a morir y a olvidar en soledad. Nada es probable para un viejo de asilo, ni lo más nimio-

La muchacha recorrió con los ojos el rostro de Anselmo, recomponiendo su ahogo y sus ganas por trazar un nuevo rumbo en la mirada del octogenario.

- ¿ Y como llegó hasta aquí?-, preguntó la joven, interesada en aquel proverbial anciano.

- Vivía tranquilo, en el pueblo, con mi pequeña paga, en la casa donde nací.Me gustaba mucho el cine, sobre todo esa de Casablanca, la veía muchos domingos en la casa del Mauricio, después del partido de fútbol, tenía muchas películas pero siempre repetíamos la misma, me sabía los diálogos de memoria. Después, cenaba en el bar de la Amelia y allí fue dónde conocí al “Salmorejo”, ¡ese cabrón sí que se las sabía todas!. Me esperaba para que le diera las sobras... del salmorejo, por eso le llamaba así. Después me acompañaba hasta la puerta. Un día entró en casa, se echó a los pies del sillón y se quedó a vivir... bueno hasta que llegaron los de Urbanismo, dieron por ruinosa la finca y los de asuntos sociales me trajeron aquí...-, Anselmo tragó saliva para salir glorioso del trance del recuerdo,

- ¡pobrecillo el “Salmorejo”...!- cogió un pañuelo para secar los llorosos ojos que anunciaban lágrimas con inmediatez y continuó:

-¿Huye usted de algo?-

- No -, contestó con rotundidad la muchacha.

- Entonces, ¿por que está aquí?-

- Quiero aprender-

- ¿A ser un viejo?, tenga paciencia, llegará, y cuando llegue ese momento entenderá el sentido de la probabilidad-

- ¿Y si le digo que me encanta hablar con usted?-

- Le diría que es muy probable que ya no vuelva por aquí en meses-

- Creo que es reprobable, ¿no?-, tocando la mano de Anselmo mientras esperaba la sonrisa cómplice de su interlocutor,-¿qué?, ¿a qué empiezo a entender esto? ¿eh?-

Anselmo sonrió y se percató de que aquella sonrisa era primeriza desde que llegó a la residencia.

- Volveré el domingo-, y estampó un beso en la mejilla del anciano, -por cierto me llamo Marta-


La mañana en la residencia parecía alborotada de manera especial por la segunda visita de los voluntarios. Los ancianos saludaban sin timidez y bombardeaban a preguntas a los jóvenes que trataban de hacerse hueco entre todos ellos.

Anselmo vivía ajeno a la algarabía exterior. Una mano en su espalda lo devolvió a la realidad de la que se mantenía ausente bajo el pretencioso propósito de asimilar las minúsculas letras del periódico dominical.

- Le traigo una sorpresa, venga conmigo- Marta lo asió del brazo y lo condujo lentamente hasta el jardín.

Un perrillo color canela, de pelo áspero y barba blanca, desgarbado, con el rabo abatido, frenéticamente agitado en su punta , trataba de lanzarse contra Anselmo en cuanto olfateó su presencia.

- ¡¡¡Salmorejo!!!- exclamó sin remilgos-

- Ya lo ve, querido Anselmo, pretendo reventarle esa teoría suya- dijo Marta con las manos en jarra, disfrutando del momento entrañable del anciano, - se lo cuidaré de lunes a sábado y los domingos usted se encargará de él, ¿que le parece?-

- ¿ Y la hermana Federica?-

-No hay problema, ya está todo pactado-

Anselmo dejó momentáneamente al perro que saltaba y lamía sus manos y se aproximó a Marta todo lo que pudo.

- No se cómo agradecérselo-, cogiendo la mano de la muchacha entre las suyas

-¿Sabe Anselmo?-, soltando su mano y echándole un brazo por el hombro al anciano,- presiento que este es el principio de una gran amistad-

- ¡Eso es de Casablanca!, ¿no?-

- Es probable - contestó Marta ofreciéndole una enorme sonrisa.

Y Anselmo correspondió.




ROJO DE CADMIO

 

 

El fuego es la pasión instantánea; mientras arde,  el aventurero aprende a sortear su peligro creyendo con vehemencia que la llama crece con sentido. El fuego atraviesa el color de la toronja hasta el encarnizado rojo. El rojo de cadmio. El rojo de la sangre. Pero el fuego se extingue; después de las encendidas brasas llegan las cenizas. Y después, la nada.

La sangre se derrama, fluye y sobre el lienzo queda infinita, inagotable. Un rojo de cadmio que nunca muere.”


Clara esperaba como cada noche, deshecha entre las sábanas de escrupuloso blanco, el chirrido de la puerta del sótano. Afinaba el oído, persiguiendo el retumbo de los pasos  ascendentes  por las escaleras, el sonido del agua derramándose en el lavabo, la oscuridad del descansillo tras el "clic" del interruptor, y al fin, el silencio sepulcral. Notaba entonces, el hundimiento del colchón en su lado izquierdo, el hedor a trementina y a jabón de afeitar, la caliente proximidad de los labios que pronto  se acoplarían a su desnudo cuello. Una noche más, Simón dormía a su lado.

Simón siempre estaba en casa, pero nunca se le veía. Excitado por la vorágine artística, solía encerrarse  en su centro de operaciones, el estudio de pintor ubicado en el sótano.

Pasaba por un bache profesional, sus últimas incursiones experimentales sobre la naturaleza,  habían supuesto serios descalabros en su trayectoria. Era conocido en el medio, incluso alabado por críticos y galeristas tiempo atrás; los vestigios figurativos dieron paso a la abstracción total en sus pinturas, transmutación que exacerbó a la crítica. Simón no comprendía casi nada de aquel universo que lo humillaba con  burlescos comentarios sobre  originales acordes coloristas. Pero no era fácil subyugar al artista. Tomás Ferrer, su marchante, solía tratarlo como a un niño caprichoso, soportaba sus inverosímiles pataletas, sus escenas a puñetazo limpio contra lienzos viejos, hechos jirones, inapetentes para la visión del inconformista Simón, pero siempre lograba calmarlo. Sólo Ferrer sabía sosegar su alma indómita. La cocaína era de los pocos residuos que Simón no utilizaba en sus experimentaciones pictóricas. La droga y el sexo, y no siempre en este orden, ocupaban en la vida del pintor, puestos de relevancia.

Clara, proclamada, hasta entonces, mera espectadora de batallitas de monólogo monótono y controvertido representadas por Simón con asidua frecuencia, se limitaba a telefonear a Tomás y esperar, paciente, el efecto de la toxina ingerida por la nariz.

Cuando lo conoció,  ya era una ejecutiva de cierto prestigio, aparentemente fría para  los negocios y siempre reacia a cualquier transacción que no tuviese entre medias el precio del suelo. Pero Simón le pareció la fascinación del no saber, el devaneo constante entre lo correcto y lo obsceno, los días sin premisas y las noches y la concupiscencia como reclamo de vida, una vida que se derramaba a borbotones, se dejaba fluir, caer, verter...

Así, comenzó a compartir aquel nuevo mundo, sin apenas decidirlo.

Hacía semanas que Simón andaba ansioso por mostrar sus nuevas creaciones, un grito desesperado a la vida a través del fuego y su peculiar forma, su encarnizado abrazo. Ferrer había logrado colarse en  la presentación del nuevo embajador brasileño en España y especuló con la exitosa entrevista operada con un diplomático portugués, un mecenas caprichoso que movía obras de arte internacionalmente, interesado en nuevos conceptos artísticos. Era la oportunidad para un Simón venido a menos,  que sangraba por la nariz sus vicios, incapaz de resarcirse con propósito de enmienda.

Clara manifestó su reticencia a la hora de seguir formando parte de los desmadrados juegos de Tomás y su representado. Simón parecía haber perdido el juicio. El marchante y la cocaína elevaban su ego desbaratado, augurándole éxitos abrumadores en las próximas bienales. La repudiaba. Despreciaba sus románticas cenas, encerrado en silencio, obviando los aporreos en la puerta del estudio, sus reclamos persistentes, a gritos, hasta la extenuación. Ignoraba la erótica lencería, aquella que él mismo hacía traer, al comienzo de su relación, desde distintos puntos de Europa , la misma que, acababa por el suelo del dormitorio, tras prodigiosas aventuras en la cama.

Para Clara todo comenzaba a ser difícil, los negocios ya no eran su mayor delectación, aunque las especulaciones del precio del suelo calmaban, en parte, la ausencia total de Simón.

 

A pocos días  de la visita del diplomático, Clara encontró en la insatisfacción su punto culminante. Ignoraba a qué dedicar las horas que, ya se encargaban de su particular tormento, la manera de obtener la atención de un Simón que sólo aparecía en la penumbra del dormitorio. Quería sorprenderlo; necesitaba compartir  un generoso almuerzo con aquel antaño alegre amante, discípulo del desenfreno y del sexo, imitar los días del verano loco en el que se conocieron, volver a revivir en el oído, las frases que  sonrojaron a la ejecutiva segura, hasta entonces, de no errar jamás.

Decidió deleitar el paladar del artista, un almuerzo tan grandioso que embaucase sentidos y se los llevara, más tarde, a la cama. Lo rubricó en la mente y decidida, se acercó a la biblioteca a por uno de los cuantiosos libros de cocina que poseía. Admiró una hermosa lechuga que sacó del frigorífico mientras la ahogaba  bajo el grifo, la sacudió y colocó sobre la tabla de corte para partirla en juliana. Portando el cuchillo, notó su pulso frenético. Comenzó a hundir el cuchillo sobre la verdura mojada hasta sentir la punción sobre un dedo y su grito horrísono, después. La falange del dedo índice había quedado seccionada. La sangre se esparcía por el suelo mientras imploraba a gritos el auxilio de Simón. Sin noticias inmediatas, bajó las escaleras hasta el sótano, ignorando tiempo y espacio, y gritó ante la puerta, con las últimas fuerzas de las que dispuso.

Simón abrió desconcertado. Las gríseas y dolientes bolsas que colgaban de sus ojos parecían maquillaje de ficción.

- Simón, Simón...-, pudo susurrar antes del desvanecimiento. Mientras alcanzaba el suelo, se agarró a un lienzo inmaculado, limpio, que Simón acababa de preparar. Lo embadurnó en sangre, proyectando trayectos inacabados de color rojo que se esparcían formando líneas, curvas..., salió disparado del caballete y junto a Clara, acabó sobre el suelo del estudio.

- ¡Clara, despierta...Clara!

 

El estudio de Simón era un estratégico caos: pinturas, lienzos apilados, cada milímetro de la estancia rezumaba un colosal hedor a trementina.

El diplomático portugués había llegado junto al marchante. Simón simuló estar solo. Instantes previos propinó una generosa dosis de tranquilizantes a Clara, que desde el día accidente soportaba una profunda depresión. Se sentía débil y mutilada. Solía suplicar a menudo, entre gritos y sollozos que alguien buscase el pequeño trozo de su cuerpo perdido en algún recóndito lugar de la cocina.  El hombre  parecía ajeno al dolor Clara, subía dos o tres veces  al dormitorio para comprobar su estado, sin apenas cruzar palabra.

Simón estaba tranquilo, había consumido una pequeña dosis de cocaína y estaba seguro de poder largarle su rollo filosofal al diplomático para convencerlo de la compra de su última obra.

- Y bien, ¿qué le parecen?-, preguntó Tomás Ferrer, con exquisita amabilidad.

El diplomático apenas se interesó por ninguno de los cuadros de la serie del Fuego, un año de trabajo que se perdieron en la mirada oscura del portugués caprichoso.

- ¿qué es esto?-, levantando la mano y apuntando con el dedo hacía el lienzo blanco manchado por la sangre de Clara. Tomás interrumpió la inminente respuesta del artista, dispuesto a confesar el equívoco. Aquello no era una pintura. ¿o si?.

- Simón es un gran experimentador-, advirtiendo el interés del diplomático.

- Me gusta, me gusta ese rojo-

- Rojo de cadmio-, argumentó Simón entre titubeos.

-¿Seguirá trabajando en ello?, es muy interesante-

Simón asintió con la cabeza. El portugués acababa de hacerle una oferta inmejorable. Una serie de treinta cuadros y la participación en una bienal de gran prestigio.

- Entonces nos veremos pronto. Recuerde, tres meses y trato hecho-

 

Simón debatía la forma de obtener aquella pátina. Nada dio los resultados deseados. Ferrer lo amenazó con poner fin al suministro de droga si no conseguía el efecto de aquel rojo inquietante de su primer cuadro.

Después de consumir una raya frente al espejo del cuarto de baño, subió al dormitorio de Clara.

-Querida, tómate esto, es un calmante-. La mujer quedó profundamente dormida al poco rato. Simón  besó su frente y sacó del bolsillo de la chaqueta  jeringuilla y goma elástica. Mientras sustraía sangre del brazo de Clara, creyó sentir un leve mareo que pronto desapareció al contemplar el rostro sereno de la donante y lo asequible de la  materia prima. Esta vez no fracasaría, la bienal era suya, la venta proporcionaría lujos, opulencia. Y mientras Clara dormiría sin querellarse.

Simón repetía la escena a diario. Era consciente del debilitamiento de la mujer y decidió suministrarle un complejo vitamínico  además de una alimentación rica en proteínas. Le hablaba entre susurros para lograr que Clara abriese la boca y masticase la comida.

- Pronto haré una venta maravillosa, ya lo verás. Todo esto acabará muy pronto. Abre la boca, Clara... come, mi amor... todo será gracias a ti-

 

El día pactado puso punto y final a tres meses desaforados. Un día perfecto, soleado, primaveral e en pleno otoño. El viaje hasta la bienal fue doloroso para Clara, que apenas se había movido de la cama desde el accidente; su demacrado aspecto delataba los síntomas de su anómala situación.

Simón salió del coche y, ayudado por Tomás Ferrer, acomodó a Clara en una silla de ruedas para hacer a pié, el resto del camino. Al llegar a la entrada principal del magnánimo edificio, el ególatra artista, hendido en las arcas del placer, encapsulado en el espejismo de una superioridad efímera, creyó dotar de protagonismo al insigne acontecimiento que estaba a punto de descubrir tras aquel bullicio de personajes célebres, autoridades y colegas de profesión que intercambiaban saludos y apretones de manos y se agolpaban en el vestíbulo.

Una vez dentro, Simón se notó pletórico, era un niño galopando entre la gente, manipulando la silla de ruedas de su compañera, entre acrobacias, velozmente. Quería llegar hasta el lugar donde se ubicaba su obra, la certidumbre de lo pactado, lo anhelado...sus treinta lienzos enmarcados en madera noble, la exaltación de la vida a través del rojo de cadmio, la sangre de Clara.

- mira, querida, míralos, están aquí-

Clara ladeaba la cabeza con superlativo esfuerzo, le dolía el cuerpo. Sintió desconcierto al observar los blancos y los rojos que salían de la pared. El olor a linfas se le quedó grabado en la nariz, a perpetuidad.

- Es sangre de tu sangre, Clara-

Simón descendió a su altura para contemplar el rostro de la mujer, tan henchido por el grandioso momento, que obvió la proximidad del diplomático. 

- su trabajo entusiasma a galerías y coleccionistas-, comentó el portugués con una amplia sonrisa.

Clara había subido las mangas de su vestido, sus brazos desnudos desvelaban verdugones y magulladuras a lo largo y ancho de los míseros contornos.

Ambos hombres obviaron la decrépita gesticulación de la mujer mientras hilvanaban su próximo proyecto.

- ¿estaría dispuesto a trabajar en otra serie de idénticas características?-, preguntó el hombre excitado ante su exitosa propuesta, -

- ¡ es mi sangre, es mi sangre!-, argumentó con espanto. Temblaba, mientras  su cuerpo  trataba de erguirse. Su salud le advirtió del fracaso. Miro el rostro de Simón y la repugnancia, le cubrió el gesto.

Simón acarició el cabello de la mujer y decidido a complacer al diplomático, asintió sin más.